2 Timoteo 1:7 - Miedo

{ 2 Timoteo 1:7 }
Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.

Contexto

Este texto lo escribe Pablo desde la cárcel, sabiendo que su final se acerca. Desde ahí, escribe una carta personal a Timoteo, al que llama hijo.

Timoteo es uno de sus discípulos más cercanos que lidera la iglesia en Éfeso. Es joven, tímido, sensible y enfrenta oposición, conflictos y presión. Parece desanimado, con temor de hablar, de confrontar, de exponerse. Por eso Pablo le escribe para animarlo, fortalecerlo, recordarle quién es y en qué debe apoyarse cuando el miedo aparece.

El versículo original tiene algunos matices frente a la traducción:

  • “cobardía” - δειλία (deilía): implica miedo que paraliza, falta de valentía moral, acobardamiento ante la presión o el peligro
  • “poder” - δύναμις (dýnamis): es poder activo, capacidad eficaz, fuerza interior que se manifiesta en acción
  • “dominio propio” - σωφρονισμός (sōphronismós): este término incluye mente sana, autodisciplina, moderación, claridad de juicio, capacidad de gobernarse desde dentro. Viene de sōphrōn - persona equilibrada, lúcida, sensata. No es “aguantarse”, es vivir desde una mente ordenada y consciente

Reflexión

Recientemente he descubierto, o más bien puesto nombre, a lo que venía sintiendo desde hace mucho tiempo y que nunca había mirado de frente. Tengo miedo a la gente.
No miedo a estar rodeado de personas o a relacionarme, sino miedo a lo que puede pasar cuando me muestro tal como soy. Miedo a no gustar, a ser una molestia, a decepcionar, a ser rechazado. Miedo al conflicto. Miedo a que, si digo lo que siento o pongo un límite, el otro se vaya, cambie, deje de quererme.

El miedo es una reacción de la mente que tiene el objetivo de protejernos y garantizar la supervivencia. Si la mente detecta una amenaza, añade miedo para disuadirnos de llevar a cabo esa acción.
Sin embargo, esa amenaza puede ser real o aprendida. Está condicionada a las experiencias pasadas, heridas antiguas o traumas donde esa misma acción o una parecida tuvo un coste.

Entonces, algo tan aparentemente normal como decirle a alguien que me importa que algo me ha molestado o poner un límite, generaba mucho miedo en mi. Dentro de mí se activaba una alarma: si lo dices, perderás su aprobación, su amor, quizás molestes, se aleje o deje de mirarte de la misma manera. Y esto, con una herida de abandono, se convertía en parálisis, incapacidad de decir las cosas por miedo.

{ 2 Timoteo 1:7 } cobra un significado profundo. Es humano sentir miedo, pero es importante identificar que ese miedo no viene de Dios. Porque está centrado en cosas humanas: aprobación, afecto, pertenencia, compañía. Y aunque todo eso es valioso, no es lo esencial.
Dios no me abandona cuando alguien se enfada conmigo.
Dios no me deja de amar cuando alguien deja de hacerlo.
Dios no se va cuando otros se van.
Si al poner un límite sano pierdo la aprobación de alguien, Dios permanece.
Si al decir la verdad alguien se aleja, Dios se queda.
Y nunca estoy solo, porque Él está conmigo.

Por eso este versículo no habla de dejar de sentir miedo, sino de no permitir que el miedo gobierne mi vida ni mis decisiones. Porque ese no es el espíritu que Él nos ha dado.

Dios nos ha dado un espíritu de poder: una fuerza interior que no es agresiva, pero sí firme. Que se manifiesta en acción, incluso cuando temblamos por dentro.

Nos ha dado un espíritu de amor: un amor que no se anula para ser aceptado. Un amor que ama primero a Dios, y desde ahí aprende a amarse a sí mismo y a los demás sin jerarquías, sin miedo, sin dependencia.

Y nos ha dado un espíritu de dominio propio: la capacidad de gobernarnos desde dentro. De dominar nuestros impulsos. De dominar ese miedo. De enfrentar lo incómodo con amor y verdad.

También recientemente he experimentado como, cuando confío en Dios y le pido que me acompañe, el miedo pierde su poder sobre mí.
He podido enfrentar situaciones que yo no habría enfrentado, decir cosas que no habría dicho, tener conversaciones que no habría tenido y poner límites que no habría puesto.
Y qué ha pasado? Nada. Matizo: nada malo, sino todo lo contrario! Y lo más importante, en todas estas situaciones gané paz y aprendí mucho.

El miedo siempre me dice que voy a perder algo esencial. Pero si algo es realmente esencial, Dios no me lo va a quitar. Y si Dios permite que se vaya, entonces quizá no era tan vital como yo creía.
Digo esto en el contexto de las relaciones personales y del miedo a la gente, no de cualquier otra pérdida que pueda haber en la vida.

Confiar en Su criterio antes que en el mío y saber que el espíritu que nos dio no le teme al mundo, es lo que rompe el dominio del miedo.

Todavía tengo mucho camino por recorrer para ir despegando ese miedo de mi, pero le pido a Dios que siempre me acompañe en todo lo que haga.